Leer una historia mientras se escribe

librioo @librioo · · 2 min
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Leer una historia mientras se escribe

Leer una historia mientras se escribe es aceptar que no todo tiene que estar cerrado para tener sentido. Lees un fragmento, sigues con tu día, y la historia se queda contigo, incompleta, respirando en segundo plano. No lees para llegar al final, lees para acompañar algo que aún se está formando.

Hay una forma de leer que no se parece a terminar nada.

No llegas cuando todo está hecho.
No sabes cuánto falta.
No tienes la sensación cómoda de avanzar hacia un final seguro.

Lees y ya está.

Leer una historia mientras se escribe es aceptar que el texto no te pertenece del todo. Que no está ahí para que lo consumas de una vez. Está ahí mientras ocurre. Y tú llegas a mitad del proceso, no al final.

Al principio desconcierta. Estamos acostumbrados a libros cerrados, a historias que nos esperan completas. Incluso cuando no sabemos cómo terminan, sabemos que terminan.

Aquí no.

Aquí lees un fragmento y luego vuelves a tu vida. Y la historia se queda flotando, sin resolverse del todo. Aparece más tarde, cuando no la llamas. En una frase que vuelve. En una escena que no terminó de cerrarse.

Entre un capítulo y el siguiente pasa tiempo. Tiempo real. No tiempo de lectura. Y en ese tiempo, la historia sigue trabajando en ti, aunque no esté delante.

Eso es algo que se nos ha olvidado: que leer también puede ser esperar.

Cuando lees así, tu presencia cuenta más de lo que parece. Aunque no escribas nada. Aunque no digas nada. El autor sabe que alguien ha estado ahí. Que alguien ha llegado hasta el final del fragmento. Que quizá vuelva.

No influyes en la historia como un guionista oculto. Pero acompañas. Y ese acompañamiento cambia la relación. No estás observando un objeto terminado. Estás compartiendo un proceso.

Leer por capítulos no es una experiencia cómoda. No puedes acelerar. No puedes decidir cuándo termina. Tienes que convivir con la incompletud.

Pero esa incompletud tiene algo raro: te devuelve la historia como parte de tu día, no como algo que “te has quitado de encima”.

No todas las historias quieren ser leídas así. Hay momentos en los que buscamos cierre, inmersión total, finales claros. Está bien.

Pero hay otras historias —más frágiles, más abiertas— que solo funcionan cuando se leen mientras todavía respiran. Cuando no están acabadas. Cuando no pretenden estarlo.

Leer una historia mientras se escribe es aceptar que no todo tiene que resolverse para tener sentido. Que a veces basta con estar ahí, leyendo lo que hoy existe.

No lees para llegar al final.
Lees para acompañar algo que aún se está formando.

Y eso, sin hacer ruido, cambia la forma de leer.

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