La planta que no era mía
[Borrador de WhatsApp · nunca enviado]
Hola.
Te escribo por una cosa absurda: tu planta.
La dejaste en mi casa el día que te fuiste con prisas. Dijiste “luego vuelvo a por ella” como quien dice “luego compro pan”. Y claro. No volviste.
Al principio la miraba con rencor, te lo juro. Era como tener una prueba viva de que las cosas se pueden quedar a medias y encima seguir ocupando sitio. Me daba rabia hasta regarla.
Pero pasó una semana y pensé: vale, no tiene culpa.
Y la regué. Una vez.
Luego otra.
Y un día me descubrí haciendo algo que me dio vergüenza admitir: hablándole. En plan: “aguanta, campeona”. Como si fuera una serie mala y yo el personaje secundario que tiene ternura de repente.
La cosa es que no se murió. Contra todo pronóstico. Ni por ti ni por mí.
Echó dos hojas nuevas hace nada. Dos. Y no sé por qué, pero me hizo ilusión. Como si esas hojas fueran una victoria pequeña y silenciosa en una habitación donde últimamente todo parecía perder.
He pensado devolvértela, pero también me pasa otra cosa: me da miedo que vengas solo a por la planta, digas “gracias” y ya. Que ese sea el único puente que nos quede.
Yo sé que ya está, que cada uno por su lado, que lo nuestro tuvo lo suyo y se acabó. Lo sé con la cabeza.
Pero a veces, cuando la riego, se me cuela una frase que no debería: “mira, al final sí sé cuidar algo”. Y me da rabia que haya tenido que ser con una planta para aprenderlo.
Si quieres, quedamos un día y te la doy. Y si no quieres verla nunca más, dímelo y me la quedo. No como trofeo, ni como excusa. Como recordatorio de que las cosas que parecen pequeñas también piden constancia.
Y si te apetece —solo si te apetece— me cuentas cómo estás. Sin resumen bonito. Como salga.
(La planta está bien. Más verde que yo algunos días.)
Mi nota
A mí me fascinan los objetos que se convierten en mensajeros sin que nadie los nombre. Una planta, una taza, una sudadera olvidada. Cosas que no tienen épica, pero que te obligan a volver a ti: a tu paciencia, a tu manera de cuidar, a tus ganas reales.
Hay gente que aprende a estar presente con grandes gestos. Yo creo que casi todos aprendemos con cosas pequeñas: regar algo, repetir algo, sostener algo. Y en ese gesto mínimo pasa una magia discreta: empiezas a confiar en ti otra vez.
También está lo otro: usamos lo cotidiano como excusa para decir lo importante. “Te escribo por tu planta” significa “te escribo porque todavía me importas un poco”, o “te escribo porque estoy intentando cerrar esto sin fingir que no dolió”, o “te escribo porque me gustaría que me vieras diferente”.
Me gusta que este mensaje no pida volver. Pide algo más raro y más valiente: una conversación sin teatro. Y, si no, al menos una verdad simple: mira, sigo aquí, y aprendí una cosa.
Hay semanas en las que lo único que puedes hacer es eso: cuidar algo pequeño.
Y que algo pequeño sobreviva ya es una forma de esperanza.
— No enviado
Encuestas del capítulo
Cómo quieres que continúe el siguiente capitulo?
1 voto
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
Deja tu comentario
Comentarios
@albertocruz
diciembre 29, 2025 destacadahola
Recommended for you
Breaking Down the Elements of a Masterpiece Painting
The Revival of Classical Art in a Digital Age
Must-See Art Exhibitions Around the World This Year
The Revival of Classical Art in a Digital Age