Lo que la ciudad exige
Ana despertó antes del amanecer, aunque en la ciudad la diferencia entre noche y día era apenas perceptible. La luz que entraba por la ventana tenía el mismo tono apagado de siempre, como si el tiempo se hubiera detenido en una franja indefinida. El medallón descansaba sobre la mesa, inmóvil por primera vez desde que lo había encontrado.
Eso la inquietó más que cuando vibraba.
Se vistió despacio, con la sensación de que estaba retrasando algo inevitable. Desde que había llegado, todo había sido una sucesión de señales, advertencias y silencios. Ahora lo entendía: la ciudad no hablaba claro porque no necesitaba hacerlo. Esperaba. Observaba. Y cuando alguien empezaba a comprender, actuaba.
Al salir a la calle, notó que estaba completamente vacía.
No había transeúntes, ni coches, ni sonidos lejanos. Ni siquiera el viento. Las farolas seguían encendidas y los semáforos cambiaban de color para nadie. La ciudad no estaba dormida. Estaba conteniendo la respiración.
Ana caminó sin rumbo fijo, pero sus pasos la llevaron, sin darse cuenta, a la plaza de la fuente. El agua ya no goteaba. Estaba completamente quieta, como un espejo oscuro. En el centro de la plaza, la figura de la capa la esperaba.
—Sabía que vendrías —dijo la voz—. Siempre vienen.
—¿A hacer qué? —preguntó Ana, con calma forzada—. ¿A desaparecer?
La figura negó lentamente.
—A decidir.
Ana apretó el medallón entre los dedos. Esta vez no ardía. Pesaba. Como si contuviera algo más que metal.
—La ciudad se está agotando —continuó la voz—. Durante años ha mantenido el equilibrio borrando recuerdos, repitiendo rutinas, congelando a quienes no podían irse. Pero eso no basta para siempre.
—¿Y yo qué pinto en todo esto? —preguntó Ana.
La figura se acercó un paso. Por primera vez, Ana tuvo la impresión de distinguir un rostro bajo la oscuridad. No uno concreto, sino muchos. Superpuestos.
—Eres una llegada consciente —respondió—. Alguien que aún recuerda de dónde viene. Eso te permite elegir.
Ana miró alrededor. Los edificios parecían observarla. Las sombras se alargaban aunque no hubiera sol que las justificara.
—¿Elegir qué?
—Quedarte —dijo la figura—. Convertirte en parte del sistema. Mantener la ciudad funcionando.
—O irte —añadió—. Y dejar que colapse.
Ana sintió un nudo en el pecho.
—¿Colapse cómo?
—Las reglas se romperán. Los recuerdos volverán de golpe. Algunos despertarán. Otros no lo soportarán. La ciudad dejará de protegerlos.
—¿Protegerlos? —repitió Ana, amarga—. ¿Llamas protección a vaciarlos por dentro?
—La alternativa era el caos —respondió la voz—. Siempre lo es.
Ana guardó silencio. Pensó en las personas de ojos vacíos, en la camarera, en el hombre que cruzaba la calle una y otra vez. Pensó también en sí misma, en por qué había sentido aquella calma al llegar. No era bienvenida. Era reconocimiento.
—Si me quedo —dijo por fin—, ¿qué pierdo?
La figura no respondió de inmediato.
—Todo lo que te hace distinta —contestó finalmente—. Tu pasado. Tus dudas. Tu capacidad de marcharte.
Ana miró el medallón. Comprendió entonces lo que era en realidad: no una llave, sino un ancla.
Con un gesto decidido, lo arrojó a la fuente.
El agua se agitó violentamente. Las luces parpadearon. Un sonido profundo recorrió la ciudad, como un suspiro antiguo liberado tras demasiado tiempo.
—¿Qué has hecho? —preguntó la figura, retrocediendo.
—He llegado —respondió Ana—. Pero no para quedarme.
Las sombras comenzaron a moverse sin control. Algunos edificios parecieron desdibujarse. En las calles cercanas, se escucharon gritos. Voces confusas. Nombres olvidados.
La figura empezó a deshacerse, fragmentándose en siluetas inconexas.
—No todos sobrevivirán —advirtió.
—Lo sé —dijo Ana—. Pero al menos recordarán quiénes son.
La ciudad tembló una última vez.
Cuando todo se calmó, Ana estaba sola en la plaza. El cielo, por primera vez, mostraba un amanecer real. Y aunque no sabía qué ocurriría después, una cosa era segura:
La ciudad ya no decidiría por nadie más.
Y esa fue, al fin, la verdadera llegada.
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