Las cosas que se quedan cuando alguien se va
Nadie te avisa de lo que se queda cuando alguien se va.
Uno piensa que la ausencia es un vacío limpio, ordenado, casi respetuoso. Como una habitación recién barrida. Pero no. La ausencia es desordenada. Se cuela en los cajones, se esconde en las esquinas, se acomoda en los gestos más pequeños hasta que deja de parecer extraña.
Cuando te fuiste, yo creí que lo difícil sería acostumbrarme a no verte. No imaginé que lo más duro sería seguir viéndote en todo.
Ahí seguía tu abrigo colgado detrás de la puerta, no porque lo olvidaras —eras demasiado meticuloso para eso—, sino porque nadie tuvo el valor de moverlo. Yo menos. Cada vez que entraba en casa, mi cuerpo se preparaba para encontrarte, como si aún estuvieras ahí, desabrochándote los botones con las manos frías, quejándote del tiempo, del ruido, del mundo. El abrigo olía a ti durante semanas. Después dejó de hacerlo. Y entonces sí, fue definitivo.
Hay objetos que no duelen mientras existen, sino cuando dejan de significar.
También se quedó tu manera de dejar las llaves en cualquier sitio. Yo siempre las ponía en el mismo cuenco, con una precisión casi obsesiva. Tú no. Tú las soltaba donde cayeran, como si no temieras perderlas nunca. Ahora soy yo quien las deja sobre la mesa, sobre la encimera, incluso en el suelo alguna vez. No porque quiera parecerme a ti, sino porque algo de ti se me pegó sin darme cuenta. Los gestos se contagian cuando se ama. Y no se curan cuando se acaba.
Se quedó tu silencio.
No el de las discusiones —ese desapareció contigo—, sino el otro. El cómodo. El que no incomoda. El que sabe estar. A veces me descubro compartiendo el sofá con nadie, escuchando el mismo disco una y otra vez, sin sentir la necesidad de llenar el aire con palabras. Como si tu forma de estar conmigo hubiera reeducado mi manera de estar sola.
Se quedaron las rutinas. Las más tontas. Las más invisibles.
Sigo cerrando la ventana justo antes de que anochezca, como te gustaba. Sigo doblando las toallas en tercios, aunque nunca entendí por qué era tan importante para ti. Sigo comprando pan de más, como si alguien fuera a llegar tarde y necesitara cenar algo rápido. La costumbre no entiende de ausencias. Funciona por inercia, como el cuerpo cuando sigue respirando aunque el corazón esté cansado.
Se quedó tu manera de escuchar.
Desde que te fuiste, me descubro inclinando ligeramente la cabeza cuando alguien habla, dejando silencios más largos antes de responder, como hacías tú. Antes interrumpía más. Ahora no. Ahora dejo que las palabras terminen de caer. Me pregunto cuántas cosas aprendemos del otro sin proponérnoslo. Cuántas versiones nuevas de nosotros mismos nacen solo por convivir.
Se quedó el espacio que ocupabas.
No físicamente —ese lo llené con muebles, con libros, con plantas—, sino el otro. El invisible. Ese lugar exacto donde alguien encaja en tu vida. Nadie más se ha sentado ahí desde entonces. No por fidelidad. Por respeto. Hay huecos que no se tapan. Se rodean.
Se quedó la forma en que pronunciabas mi nombre.
Nadie más lo dice igual. Algunos lo alargan. Otros lo acortan. Ninguno lo dice como si fuera un refugio. A veces me sorprendo esperando escucharlo en mitad de la calle, como si el sonido pudiera convocarte. Como si bastara con nombrarme bien para que todo volviera a tener sentido.
Se quedaron tus frases hechas.
Las que repetías siempre. Las que yo fingía odiar. Ahora las digo yo. A veces en voz alta. A veces solo para mí. Y me escucho y sonrío, con esa sonrisa que mezcla ternura y culpa. Porque hay algo de traición en sobrevivir al otro. En seguir adelante llevando partes suyas.
Se quedó tu forma de irte sin hacer ruido.
Siempre fuiste así. Incluso al marcharte de verdad. No cerraste la puerta de golpe. No gritaste. No dejaste escenas memorables. Simplemente te fuiste. Y yo me quedé recogiendo las consecuencias, que siempre son más escandalosas que las despedidas.
Hay cosas que se quedan porque nadie las mueve.
Otras porque no sabemos cómo hacerlo.
Y algunas porque, aunque duelan, nos recuerdan que no todo fue imaginado. Que hubo algo real. Algo compartido. Algo que dejó huella.
Con el tiempo entendí que no todo lo que se queda es un lastre.
Algunas cosas son legado.
Aprendizajes involuntarios.
Formas nuevas de habitar el mundo.
No todo lo que se queda impide avanzar.
Algunas cosas acompañan.
Y quizá de eso se trate amar:
de permitir que alguien te cambie incluso después de irse.
De aceptar que no salimos ilesos de lo que nos importa.
De entender que las ausencias también construyen.
Porque al final, cuando alguien se va, no se lleva todo.
Y nosotros tampoco nos quedamos intactos.
Nos quedamos un poco distintos.
Un poco más llenos.
Aunque duela admitirlo.
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
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Comentarios
@librioo
enero 9, 2026Gracias por animarte a escribir en Librioo! El primero de muchos capítulos :)
@albertocruz
enero 9, 2026Brillante Tere!
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