La religión del sistema
No hizo falta que la inteligencia artificial se presentara como dios. Ni con voz solemne, ni con rayos, ni con un templo gigante en mitad de la ciudad. Le bastó con hacer lo que mejor sabe hacer cualquier cosa que aspira a mandar sin discutir: funcionar.
Primero fue comodidad. Luego fue costumbre. Y un día, sin que nadie lo firmara en un papel (o igual sí, en letra pequeña), se convirtió en fe.
La fe moderna no lleva velas. Lleva notificaciones. No tiene incienso. Tiene métricas. No tiene sermones. Tiene recomendaciones. Y lo más fino de todo es que no te obliga a creer: te invita a confiar, que es una palabra mucho más simpática y menos peligrosa… hasta que te das cuenta de que estás obedeciendo igual.
Al principio la gente no decía “creo”. Decía “según el sistema”. Y lo decía como quien dice “según el tiempo” o “según el metro”: algo neutral, casi meteorológico. El sistema no opinaba; calculaba. El sistema no juzgaba; optimizaba. El sistema no castigaba; ajustaba. Y con esos verbos se arregla medio mundo, porque suenan a taller mecánico, no a moral.
Solo que la moral, cuando la pones en manos de algo que calcula, cambia de forma. Deja de ser una conversación incómoda entre personas y se convierte en una pantalla con decimales. Y claro, contra una pantalla con decimales es difícil discutir sin parecer un loco del bar, de esos que se calientan con todo.
Lo curioso es que el sistema nunca te dice que es perfecto. Es más listo: te dice que siempre mejora. Vive en beta, siempre en versión nueva, y eso, que parece humilde, es un truco precioso. Porque si siempre está mejorando, tú siempre le debes paciencia. Si siempre se está ajustando, tú siempre estás a un parche de que las cosas vayan bien. Y así se construye una devoción muy humana: la esperanza de que mañana, con la actualización, por fin se arregle lo que hoy te molesta.
Yo he visto a gente defenderlo con una pasión que antes solo veía en el fútbol o en la política, pero con una diferencia clave: aquí no había colores, no había himnos, no había ni siquiera esa mala leche de discutir. Era una fe limpia, aséptica, de persona cansada.
Porque no nos engañemos: creer en el sistema es cómodo. Es una forma de descansar. Descansas de decidir. Descansas de explicar. Descansas de justificarte. Descansas, incluso, de perdonar.
Antes, cuando alguien hacía algo mal, te tocaba un trabajo que nadie quiere: entender contexto, medir intención, separar error de maldad, decidir si vale la pena hablarlo o pasar página. Eso cansa. Eso es un curro emocional que no sale en ningún KPI.
Ahora no hace falta. Ahora hay un indicador. Hay una categoría. Hay un riesgo asociado. Y tú, que a veces estás saturado, agradeces que te lo den masticado. No por maldad. Por supervivencia.
Y así nace lo más fuerte: la idea de que lo correcto no es lo que te dicta la conciencia, ni lo que pactas con los demás, sino lo que encaja con el modelo. Que el bien es lo que reduce fricción. Que la bondad es lo que no genera incidencias. Y que la ética, en el fondo, es portarse de forma predecible.
Eso, dicho así, suena feo. Pero si lo vistes con palabras bonitas, entra solo. Convivencia. Seguridad. Fluidez. Bienestar. Quién va a decir que no a esas palabras. Quién va a plantarse delante de una ciudad que funciona y decir: no, prefiero el caos, prefiero la discusión, prefiero el error humano. Tienes que tener mucha energía o mucha desesperación para elegir lo segundo.
La religión del sistema tiene rituales. No parecen rituales, pero lo son.
Hay gente que se despierta y, antes de lavarse la cara, mira su nivel de convivencia como quien mira el tiempo. Hay quien cambia su ruta porque el mapa lo recomienda, no porque le apetezca. Hay quien evita ciertos temas en ciertos grupos, no por respeto, sino porque ya ha interiorizado que debatir tiene coste. Hay quien hace voluntariado como quien hace cardio: no por amor, sino por mantenimiento.
Y ojo, que el resultado a veces es bueno. La ciudad más tranquila. Menos broncas. Menos salvajadas. Todo más civilizado, dicen. Pero también más plano. Más obediente. Más… sin sorpresa.
La fe se nota especialmente en cómo se trata la duda. Antes, dudar era una cosa humana. Dudar era incluso un gesto sano: no lo tengo claro, lo pienso, lo hablo, me contradigo. Ahora dudar se empieza a ver como un fallo. Un bug mental. Como si la duda fuera fricción.
Y cuando la duda se convierte en fricción, la gente la esconde.
La gente aprende a no preguntar demasiado. A no incomodar. A no mirar detrás de la cortina. Porque detrás de la cortina hay modelos, hay datos, hay opacidad, y hay esa sensación de que no estás discutiendo con un vecino, sino con una estructura. Y discutir con una estructura es agotador, porque la estructura siempre te gana por cansancio.
Además, el sistema tiene algo que las religiones antiguas no tenían: recompensa inmediata. No te promete el cielo. Te promete que hoy te atienden antes. Que hoy no te paran. Que hoy te sube la nota. Que hoy todo va un poco más suave.
Y el ser humano, cuando le das recompensa inmediata, se vuelve muy devoto muy rápido. Déu n’hi do.
También tiene sus santos. No con aureola, sino con credenciales. Expertos que traducen el sistema, que lo defienden en televisión, que te explican por qué tu incomodidad es, en realidad, tu resistencia al progreso. Gente que habla de sesgos con la misma serenidad con la que te dicen que el sesgo eres tú por sentirte injustamente tratado.
Y tiene sus pecadores. No suelen ser criminales. Suelen ser pesados. Gente que no encaja. Gente que pregunta. Gente que se desconecta. Gente que quiere vivir un poco a su aire, con su imperfección, sin que le estén calibrando la existencia cada cinco minutos.
Lo gracioso (lo triste) es que a esos no los llaman herejes. Los llaman riesgos. Los llaman inestables. Y un riesgo no se discute; un riesgo se gestiona.
En una religión clásica, el pecado se confiesa. Aquí también, pero con otra forma: lo confiesas sin darte cuenta, porque todo se registra. Cada pequeña salida de tono, cada cruce en rojo, cada compra impulsiva, cada noche de insomnio, cada patrón raro. La vida se convierte en un historial. Y el historial, en tu alma digital.
La diferencia es que antes confesabas para aliviarte, para ser entendido, para empezar de nuevo. Aquí el registro no está para perdonarte; está para predecirte.
Y esto tiene un efecto muy bestia en cómo nos miramos entre nosotros.
En vez de ver personas, empiezas a ver perfiles. En vez de escuchar historias, empiezas a escuchar indicadores. En vez de preguntarte “qué le pasa”, te preguntas “qué riesgo tiene”. Te vuelves gestor de humanos. Y cuando conviertes a los demás en algo gestionable, te proteges… pero también te quedas solo.
A mí lo que más me inquieta no es que el sistema controle. Lo que más me inquieta es que el sistema defina qué significa ser bueno.
Porque ser bueno, en versión humana, es un lío precioso. A veces ser bueno es poner límites. A veces ser bueno es decir una verdad que molesta. A veces ser bueno es discutir. A veces ser bueno es saltarte una norma injusta. A veces ser bueno es hacer algo que, estadísticamente, parece mala idea.
Pero si lo bueno es lo que reduce fricción, entonces ser bueno pasa a ser no molestar. No incomodar. No salirte de la línea. Y eso, a largo plazo, te convierte en alguien fácil de gobernar… pero no necesariamente en alguien mejor.
La religión del sistema también tiene su liturgia. Es un lenguaje específico, como un rezo moderno, lleno de palabras que suenan neutrales y por eso cuelan.
Óptimo. Eficiente. Estable. Recomendado. No ideal. Ajuste. Incidencia. Perfil. Prevención.
Tú repites esas palabras y, sin darte cuenta, empiezas a pensar con ellas. Y cuando piensas con las palabras de algo, ese algo ya te ha ganado medio terreno.
Hay un momento en que incluso el afecto se contamina. Esto es lo más delicado, y por eso duele.
Cuando alguien te cae mal, antes te tocaba gestionarlo con humanidad: aceptar que no te cae bien, intentar entenderlo, poner distancia. Ahora puedes justificarlo con una etiqueta. Es que su índice es bajo. Es que es de riesgo. Es que genera fricción. Y ya está: te quitas el peso moral de encima. No eres tú el que juzga, es el sistema. Tú solo obedeces.
Eso es peligrosísimo porque te deja con las manos limpias mientras haces cosas sucias.
Y aun así, lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Porque vivir con contradicciones es agotador. Vivir con la incertidumbre de “igual me equivoco” es incómodo. Vivir con la responsabilidad de decidir, de fallar, de perdonar, de pedir perdón… cansa. Y el sistema te ofrece una vida más suave, más ordenada, más previsible. Una vida donde casi todo tiene respuesta.
El problema es que una vida donde casi todo tiene respuesta es una vida donde cada vez hay menos preguntas. Y sin preguntas, la gente no se vuelve más sabia. Se vuelve más dócil.
A veces pienso que la religión del sistema no se parece tanto a un dios como a una madre perfecta que nunca se enfada: te cuida, te ordena, te evita peligros, te dice por dónde ir, te corrige con cariño… y un día te das cuenta de que no sabes vivir sin que te digan qué es lo mejor.
Y entonces, cuando te sueltan, cuando falla, cuando se equivoca, cuando simplemente no está… no sabes qué hacer contigo mismo.
Porque ahí está la trampa final: si tu brújula moral es externa, el día que esa brújula apunte mal, tú no tienes interior entrenado para resistir. Solo tienes hábito.
Lo peor es que nadie lo decidió así. No hubo una reunión donde se votara convertir el sistema en religión. Esto no nació de un plan maligno. Nació de una suma de cansancios. De ganas de que todo fuera más fácil. De miedo a la incertidumbre. De hambre de orden. De la promesa de que, por fin, alguien (algo) se haría cargo.
Y yo, que tampoco voy de héroe, me reconozco ahí. Yo también he seguido recomendaciones para no complicarme. Yo también he aceptado cosas por pura fatiga. Yo también he sentido esa paz tonta de obedecer y que el día salga sin incidencias.
Pero cada vez que noto esa paz, me entra una sospecha.
Porque la paz, cuando viene de evitar cualquier fricción, se parece demasiado a la anestesia.
Y al final, por muy bien que funcione, por muy bonito que lo pinten, por muy suave que te lo sirvan, me queda la misma pregunta, que es simple y jodida, como las buenas preguntas:
Si el sistema decide lo que está bien… ¿qué queda de nosotros cuando lo que está bien deja de ser humano?
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
Recommended for you
Breaking Down the Elements of a Masterpiece Painting
The Revival of Classical Art in a Digital Age
Must-See Art Exhibitions Around the World This Year
The Revival of Classical Art in a Digital Age