Memoria en suscripción
La primera vez que pagué por mi memoria me sentí un poco ridículo, pero también aliviado, que es una combinación muy humana: vergüenza por hacer algo que suena a capricho y tranquilidad porque, por fin, algo deja de dar problemas.
No lo contraté por “innovación”. Lo contraté por cansancio. Por esa sensación de que el cerebro, a partir de cierta edad, empieza a comportarse como un móvil viejo: funciona, sí, pero a veces se queda pensando, a veces se calienta, a veces no te carga bien lo que jurarías que tenías guardado.
El servicio se llamaba Recuerdo+. Con el plus, claro. Porque si no hay plus, no hay promesa. “Recupera momentos con nitidez. Encuentra nombres, fechas, lugares. Revive sin sesgos. Tu vida, accesible.” La típica prosa blandita que parece escrita por alguien que jamás ha olvidado dónde ha dejado las llaves.
Yo lo leí y pensé: bueno, va. Si de verdad me ahorra esa frustración tonta de “¿cómo se llamaba este tío?” o “¿cuándo fue aquello?”, pues mira, mejor. Porque además no era caro. No “caro caro”. Era caro de esa manera moderna que no duele en el momento porque lo pagas al mes, y lo peligroso del pago al mes es que te hace olvidar que estás poniendo una tarifa a cosas que antes eran… no sé, tuyas.
El primer día fue espectacular. En serio. Te lo digo sin ironía.
Abrí la app y me salió un buscador como si mi vida fuera Google. Puse “aquel restaurante japonés de Gràcia” y en medio segundo me devolvió fecha, fotos, ubicación, con quién iba, y una frase que yo había dicho esa noche (porque también se alimenta de todo, claro). Me quedé mirando la pantalla con esa emoción infantil de “hostia, qué fuerte”.
Luego probé con cosas más íntimas. “Verano pueblo Cáceres”. Y me salió una foto de un atardecer, polvo en el aire, una calle de tierra, y una sensación tan nítida que, por un momento, me pareció olerlo. Eso me tocó. Porque una cosa es recordar una imagen. Otra es que el recuerdo te vuelva con cuerpo.
Ahí es cuando te engancha.
Porque no es solo utilidad. Es nostalgia en alta definición. Es volver a un momento y sentirlo cerca. Y cuando descubres que puedes tocar el pasado como quien abre una carpeta, te entra una emoción rara, una mezcla de gratitud y hambre. La gratitud es “qué suerte tener esto”. El hambre es “dame más”.
La app, cómo no, lo sabía.
A la semana me ofreció “Mejoras recomendadas”. No lo llamaban “más caro”. Lo llamaban “mejor experiencia”, como si pagar fuera una cuestión estética.
—Plan Básico: búsqueda y recuperación.
—Plan Plus: recuerdos en alta definición emocional.
—Plan Premium: estabilización de recuerdos sensibles, backups redundantes, “protección contra degradación”.
Protección contra degradación. Me hizo gracia, porque sonaba a yogur, pero en el fondo era una amenaza muy fina: si no subes de plan, tus recuerdos pueden degradarse.
Y ahí debería haber desconfiado. Pero claro, uno no desconfía de algo que le está devolviendo cosas bonitas. Uno desconfía de lo feo. Lo bonito lo aceptas, porque te calma.
El mes pasó rápido. Como pasan todas las cosas que te hacen la vida más fácil: no te das cuenta hasta que están dentro.
Una noche me llegó un aviso:
Tu suscripción caduca en 48 horas.
Evita pérdida de calidad renovando ahora.
Pérdida de calidad. Otra vez el vocabulario de streaming. Otra vez esa idea de que el pasado tiene resolución.
Me dije: “bah, estrategia comercial”. Como cuando te dicen que te quedan dos plazas en el hotel y resulta que quedan quinientas, pero quieren que pagues ya. Lo dejé para más tarde. Total, ¿qué podía pasar? Yo no estaba pagando por un servicio crítico. Era memoria. Era algo… mío. No podían “quitarme” la memoria. ¿No?
Pues sí. No te la quitan. Te la aflojan. Te la vuelven blanda. Te la dejan resbalar.
Lo noté en una tontería.
Me estaba lavando los dientes y, sin pensar, intenté recordar una conversación de hacía unos días. No por nada especial, sino por esa manía de darle vueltas a cosas que podrías haber dicho mejor. Me vi la escena, pero era como verla desde lejos, con ruido. Como si alguien hubiese bajado el volumen del recuerdo.
Pensé: “estoy cansado”. Y seguí.
Al día siguiente, otra. Busqué mentalmente un nombre que antes me habría salido fácil. No salió. Me quedé con la punta de la palabra en la lengua y un vacío detrás. Un vacío demasiado limpio.
Ahí ya me picó. Abrí la app. Y en vez del buscador normal me apareció una pantalla de “modo limitado”:
Recuerdo+ ha pasado a calidad estándar.
Algunos recuerdos pueden mostrarse comprimidos.
Renueva para recuperar alta fidelidad.
Comprimidos.
Qué palabra tan fea aplicada a la vida.
Me quedé un rato mirando esa pantalla como quien mira un cajón abierto y nota que falta algo, pero no sabe qué. Porque el problema de esto es que no te quitan “un archivo”. Te quitan lo que te conectaba a lo que eras. Y eso no se mide en gigas, pero te lo venden como gigas.
Me entró la mala hostia típica de cuando te toman por tonto.
Pero al mismo tiempo apareció otra sensación más peligrosa: el miedo. Miedo de verdad. No miedo cinematográfico. Miedo íntimo.
Porque te das cuenta de que el recuerdo que más te dolería perder no es el que estás mirando ahora. Es el que todavía no has ido a buscar.
Y entonces, como un idiota, empiezas a hacer comprobaciones. Como quien revisa si tiene cartera y móvil tres veces seguidas.
Busqué cosas importantes.
Busqué el día que conocí a una persona que me marcó. Lo encontré, sí, pero el brillo era distinto. Menos piel. Menos detalle. Como si lo estuvieras recordando “a través de”.
Busqué una voz. Una voz que, con solo recordarla, te cambia el pecho. Y me salió, sí, pero con una frialdad rara, como si alguien la hubiera pasado por un filtro.
Busqué una tarde de mi infancia. La escena estaba. La foto estaba. Pero el olor… el olor no.
Y ahí ya no era cabreo. Era pena.
Porque a mí me puedes subir el precio del móvil, el seguro, la hipoteca, lo que quieras. Pero que me subas el precio de un olor… eso ya me parece de una crueldad elegante.
Lo peor es cómo te justificas a ti mismo el pago. Porque tú no dices “estoy pagando por un recuerdo”. Tú dices “es que me ayuda”. “Es que me da paz”. “Es que es útil”. “Es que tengo muchas cosas en la cabeza”.
Y todo eso es verdad. Pero también es verdad otra cosa: que estás pagando para no soltar. Para no perder. Para no aceptar que la memoria humana es imperfecta, que se mueve, que se borra, que se reescribe, que olvida para poder seguir.
Y aquí viene el giro que a mí me deja más tocado: quizá el problema no es que olvidemos. Quizá el problema es que ahora el olvido tiene propietario.
Porque antes el olvido era una cosa tuya. A veces injusta, a veces triste, pero tuya. Ahora el olvido tiene condiciones. Tiene tarifa. Tiene “renueva para mantener”.
Y esa relación cambia algo por dentro. Cambia la manera en que valoras tus recuerdos. Los conviertes en contenido. En objetos. En cosas que se pueden conservar o perder por una decisión administrativa.
Y tú empiezas a pensar como piensa el sistema: “¿qué merece guardarse en alta calidad?” “¿Qué es prescindible?” “¿Qué optimizo?” “¿Qué archivo?”
Eso, dicho así, parece frío. Y lo es. Pero lo hacemos con una sonrisa, porque el servicio viene envuelto en bienestar.
Esa noche me salió una notificación más directa, como si la app ya supiera que estaba dudando:
Recuerdo+ Premium: protege tus recuerdos sensibles.
Incluye: estabilidad emocional, copias de seguridad, no degradación.
Oferta limitada.
“Recuerdos sensibles.”
Como si el dolor fuera una categoría de producto.
Me quedé un rato con el dedo encima del botón de renovar. Y me pasó una cosa que me dio rabia conmigo mismo: no era “quiero recordar”, era “no puedo permitirme perder”.
Y ahí está la trampa. Te ponen en modo supervivencia. Te convierten la memoria en un servicio del que dependes. Y cuando dependes, ya no eliges; gestionas.
Renové. Claro que renové.
Y lo peor es que, al renovar, noté el alivio al instante. Volvió la nitidez. Volvió el brillo. Volvió esa sensación de “sí, esto era”. Volvió el olor.
Y ese alivio me dio asco, porque era exactamente lo que querían: que mi tranquilidad tuviera precio y que yo lo pagara agradecido.
Después me quedé en silencio, con el móvil en la mano, pensando una cosa que no me gustó nada pensar:
si mañana un fallo, un cambio de condiciones, una decisión “óptima” del sistema, me corta el acceso a esto… ¿qué me queda?
Porque al final no estás pagando por recordar mejor. Estás pagando por conservarte.
Y entonces me salió la pregunta, sin dramatismo pero con esa simpleza que da más miedo que cualquier discurso:
Si mis recuerdos son un servicio… ¿quién soy yo cuando el servicio se cae?
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
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