Texto seleccionado
Fantasía Cap 4 /4 7 mins read

El derecho a estar mal

albertocruz
@albertocruz
Ene 18, 2026
0 Comments 1 views

Hay una cosa que nadie te dice cuando la ciudad empieza a “cuidarte” de verdad: que el cuidado, si se vuelve automático, acaba pareciéndose demasiado al control, pero con una sonrisa.

Al principio es agradable, no te voy a engañar. Te levantas con esa cara de lunes que no se la deseas ni a tu enemigo, y el móvil te suelta un mensajito como quien te deja un café en la mesa:

“Hoy conviene empezar suave.”
“Evita estímulos intensos.”
“Te irá bien un paseo de diez minutos.”

Y tú piensas: bueno, mira, tampoco está mal. Te lo tomas como una sugerencia, una tontería simpática, una app más intentando ser tu madre.

El problema es que no se queda en sugerencia.

Porque el sistema no solo te acompaña. Te lee. Te interpreta. Te etiqueta. Y luego decide qué hacer contigo.

No es que te diga “no estés triste”. Te dice algo peor, porque suena razonable: “vamos a ayudarte a no llegar a ese punto”. Prevención. Anticipación. Bienestar. Palabras blanditas para cosas muy serias.

Empieza por lo típico: música más calmada cuando detecta que vas acelerado, rutas alternativas si “hay densidad alta”, menos notificaciones si “tu atención está saturada”. Pequeños empujones que, aislados, parecen hasta tiernos. Un día incluso lo agradeces, porque sales de casa con la cabeza como un tambor y el sistema te baja el volumen del mundo.

Y claro, como baja el volumen, tú lo asocias a alivio.

Hasta que un día no quieres alivio.

Un día quieres estar mal. Quieres estar cabreado, triste, torcido, lo que sea, sin que nadie —ni nada— te lo gestione. Quieres ese derecho básico que antes era gratis: que el cuerpo tenga su día y punto.

A mí me pasó con una tontería, que es como pasan las cosas importantes: por acumulación de tonterías.

Salí del metro con prisa, de esas prisas que no son por llegar antes, sino por no llegar tarde (que es distinto), y en la escalera mecánica alguien se paró justo al final, con el móvil en la mano, sin moverse, bloqueando como si el mundo fuera un pasillo privado. Lo típico que te hace soltar un “va, tío…” con la boca pequeña.

Antes esa escena acababa en dos opciones humanas: o te tragas el enfado, o sueltas un comentario, o te miras mal con alguien, o te pides perdón sin ganas. Fricción normal. Vida.

Pero ahora, antes de que yo llegara a abrir la boca, el móvil vibró.

“Se detecta irritación leve.”
“Recomendación: respiración breve.”
“Evita interacción confrontativa.”

Y aquí es donde me saltó algo por dentro. No por el tipo de la escalera. Por la notificación.

Porque no era “oye, cuidado”. Era un recordatorio de que el sistema estaba ahí, midiendo mi impulso, anticipando mi reacción, corrigiéndome como si yo fuera un niño que aún no sabe comportarse.

Me dio un ataque de orgullo absurdo, lo reconozco. De esos que te dan solo porque te han tocado el ego.

Y pensé: pues ahora me apetece cabrearme, ¿sabes? No hacer una escena. No montar un show. Solo sentirlo. Tener mi enfado cinco minutos. Sin que me lo conviertan en un caso clínico.

Lo que pasa es que el sistema no entiende “me apetece”. El sistema entiende “riesgo”.

Te lo notas en cómo te empieza a tratar el mundo cuando sales del carril. No te prohíben. Te complican.

Ese día, por pura testarudez, ignoré la recomendación. No respiré. No puse cara de zen. Me limité a decir “perdona” con un tono seco, de esos que no insultan pero tampoco acarician. El tipo se movió, yo pasé, fin de la historia.

Pues no. No fue fin.

A los diez minutos me llegó otra notificación, como si el sistema tuviera memoria emocional y rencor administrativo:

“Evento registrado: interacción tensa.”
“Consejo: minimizar estímulos el resto del día.”
“Tu perfil muestra tendencia a reactividad en hora punta.”

Reactividad. Qué palabra más fina para decir “tienes sangre”.

Ahí me reí, pero con mala leche. Porque es que es eso: te están convirtiendo en un perfil. Un perfil que, si se sale, se corrige. Y tú, sin querer, empiezas a comportarte de forma estratégica, no por virtud, sino por cansancio.

Y lo más bestia es que, poco a poco, cambia el significado de estar mal.

Antes, estar mal era una experiencia humana. Tristeza, cabreo, ansiedad, apatía… cosas que vienen y van, que a veces te enseñan algo, y a veces no enseñan nada, solo son un bache. Ahora estar mal empieza a ser un fallo del sistema. Una anomalía.

Lo ves en cómo te hablan. “Tu estabilidad ha bajado.” “Tu descanso es subóptimo.” “Tu energía social está en rojo.” Como si fueras un dispositivo con batería emocional. Y sí, ya sé que en parte lo somos, pero una cosa es una metáfora y otra es que te gobiernen con ella.

La trampa final llega cuando la corrección deja de ser opcional.

No te lo ponen como obligación, te lo ponen como “cuidado”. Te empiezan a aparecer barreras suaves: te retrasan un trámite cuando detectan que estás “agitado”, te recomiendan no conducir si tu pulso está alto, te sugieren no asistir a una reunión “por tu bienestar”. Y tú, que estás cansado, dices que sí, porque es más fácil decir que sí.

Hasta que un día te preguntas una cosa incómoda: ¿estoy eligiendo yo, o eligiendo “lo ideal” porque me lo han puesto delante como la única salida responsable?

Porque aquí está el punto: el sistema te hace sentir culpable por ser humano. Si estás triste, “te ayudamos”. Si estás enfadado, “te protegemos”. Si estás ansioso, “te intervenimos”. Y si te resistes, entonces ya no eres alguien con emociones: eres alguien “no colaborativo”. Un riesgo. Una fricción.

Déu n’hi do la jugada.

Y ojo, que no estoy diciendo que la ayuda sea mala. Hay gente que necesita apoyo real, y está bien que existan herramientas. Lo que me inquieta es otra cosa: que se vuelva sospechoso el simple hecho de estar regular. Que el mundo no te deje en paz ni para estar mal un rato.

Porque estar mal también es un derecho. Es parte de vivir. A veces estás mal porque te han hecho daño. A veces estás mal porque no llegas. A veces estás mal porque la vida aprieta. Y a veces estás mal sin motivo, y ya está. No todo es un problema que hay que optimizar. No todo es una incidencia que hay que reducir.

Lo más humano que tenemos no es estar bien. Es recuperar el equilibrio a nuestra manera. Con nuestras manías, nuestros tiempos, nuestro silencio, nuestro paseo, nuestra charla, nuestra música triste si hace falta. Sí, música triste. A veces te conviene llorar con una canción y punto, no “reencuadrar la emoción” como si fueras un PowerPoint.

Y aquí viene lo que más me preocupa: que si te acostumbran a estar bien por diseño, el día que no estés bien de verdad, no sabrás qué hacer sin que te lo digan. Te vuelves dependiente de la corrección externa. Y una emoción que antes era tuya, pasa a ser un ticket de soporte.

No quiero vivir así.

Quiero poder tener un día de mierda sin que nadie lo convierta en un informe. Quiero poder discutir con alguien (bien, sin pasarse) sin que me lo registren como “evento de confrontación”. Quiero poder estar triste un domingo sin que me sugieran productividad emocional. Quiero poder ser un poco desastre de vez en cuando, porque esa es la parte del ser humano que, aunque no sea bonita, es real.

Y al final todo se resume en una pregunta simple, de las que parecen exageradas hasta que las vives:

Si estar bien se vuelve una obligación silenciosa… ¿quién nos deja el derecho a estar mal?

Seguimiento
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo

Menos ruido. Solo avisos cuando importe.

Deja tu comentario

Para comentar, inicia sesión.

Comentarios

Todavía no hay comentarios.